Historia Gatil

Hoy me siento con ganas de escribir algo sobre los gatos. No es un cuento, pues los cuentos tienen un comienzo y un fin. Los gatos no tienen un desenlace final y yo no conozco su origen. Tampoco tendrá moraleja ni enseñanza, porque las lecciones no las da un cuento, sino la experiencia.

Escribo sobre asuntos gatunos porque otras cosas no me llaman a escribir, sólo los gatos. Los demás animales también, pero no los conozco mucho, no tengo afinidad ni tanta confianza por ejemplo con camaleones o con las tortugas. Me gustan, sí; sin embargo tendría que haber hecho muchas migas con ellos, cosa que me resulta difícil. Estos animalitos están en hábitats distintos de los míos. A no ser que hayan sido cazados o sacados de sus casas para llevarlos a la ciudad; donde no deberían vivir, ya que son bestezuelas nacidas para estar libres y pasear por los campos y junglas, acomodándose a dormir en algún matorral, comer insectos atrapados con sus espiraladas y afiladas lenguas o ponerse a reflexionar en sus vidas, como cualquier filósofo que se estime.

Jacinto, mi único gato por ahora, es gris y muy corpulento. Tiene ojos verdes los que varían de color según la luz. A veces están naranjas y en otros momentos adquieren colores grises entre azulados y verdes.
Nunca vi ojos tan bellos como los que poseen los gatos. No es por exagerar pero creo que un gato es una de las tantas obras maestras de Dios. Supongo que cuando hizo a los Humanos, Dios ya se encontraba en una situación de aburrimiento y dejadez, que a cualquiera le ocurre después de tanto trabajo y luego de realizar labores magistrales, como las de crear gatos, flores, estrellas o duendes. Lo maravilloso de Dios es su gran capacidad para crear, por lo demás, me imagino que se cansa igual que nosotros.

Proseguiré con el gato Jacinto. Virginia, mi amiga en la distancia, dice que Jacinto tiene la panza a cuadritos. Sí, tiene razón ya me fijé y su barriguita es cuadriculada, como las telas escosesas, pero en blanco y gris.

La azotea es suya por herencia de su muerta hermana Michina y el jardín le perteneció desde su llegada. Se recuesta tras unos helechos coposos a olfatear el aire y a mirar el cielo, esperando que alguna paloma caiga en sus garras. De igual forma se dispone a especular sobre los colibríes que se toman todo el almibar de las flores, pensado si su zarpa es más rápida que la vista del pajarito o viceversa.
Algunas veces los mira con cara de tonto y otras con resignación. Definitivamente los colibríes son pájaros sobrado rápidos y descofiados. Una vez, una gatita llamada Tití, logró cazar a uno de estos seres casi mágicos, amigos inseparables de los gnomos; no se con qué malas artes y llegó a ponerlo en una situación lamentable; me di cuenta de lo que ocurría cuando me asomé desde una ventana y ella ya se disponía a jugar con él, después de haberlo dejado en la tierra mirábalo hipnóticamente.
El resto es historia. No, el avecita no murió, pero diré que al día siguiente voló a su nido y de igual forma Tití se elevó a hermosas dimensiones desconocidas para los que viven aquí, en este miserable valle de lágrimas donde nos toca coexistir y en donde nos encontramos tan desamparados.
Tití, era una buena gata, sólo que tenía contratiempos con Mis Mini, otra gatita que llegó una noche a casa y tomó posesión de la misma, cual reina recién coronada y cuya principal tarea era la de dormir, comer y entretenerse persiguiendo a la gata Tití. Esa noche que siguió al día en que Tití cazó al colibrí, Mis Mini la acorraló en la azotea y no teniendo dónde escapar, Tití cayó de lomo en el jardín, cosa que originó su viaje sin retorno. Ahora, Mis Mini no está más, vivió mucho tiempo, suponemos por el pelaje que adoptó de gato viejo y porque al llegar alcanzar muchos años, se le fue la voz, característica inequívoca de senectud en los gatos.
Así como a nosotros los humanos se nos va la vista y el oído en ellos la voz desaparece casi por completo y en lugar de salir un miau, simplemente no sale nada, abren sus hocicos y sale pura mudez, que presumo es escuchada por ellos, pero nosotros ya no oímos esos maullidos pedigueños o llamativos nunca más.

Prosigo con Jacinto. Jacinto era realmente pequeño cuando lo encontré. Los dos viajamos a Lima en combi desde su ciudad natal de donde lo adopté. Durante el viaje, durmió; pero cuando tuve que hacer trasbordo a otra combi, Jacinto maulló más de la cuenta. Le gustaba el balanceo y la velocidad que adoptaba la combi en las carreteras. No le importaba que haya sido una de las llamadas “combis asesinas”. Cuanto más rápido iba el vehículo maldito, más se acurrucaba y dormía impasible.
Desde ese día supe que Jacinto poseía un paz interior más grande que el sol. No obstante, al momento de cambiar de carro, despertó y empezó a pedir en su idioma que por favor lo suban pronto a otra combi, que se está tan bien ahí dentro y que no paren de manejar nunca.
Sin embargo este maullido no fue comparado nunca con el del gatito gritón, animalito encontrado por mi gemela en la calle y que ni cuando comía dejaba de gritar y decir toda clase de barbaridades inigualables. Fue una noche, si mal no recuerdo, en que justamente había una gatita blanca en nuestra casa, hallada en un techo con mucho riesgo de morir de frío y hambre, si no llegaba un bombero vecino a decir que era casi imposible rescatarla pues el techo donde se encontraba la dichosa gatita, estaba a punto de colapsar y que cualquiera que pusiera un pie en él, caería llevándose consigo y al otro mundo a la gata blanca.(continuará…)

1 Comentario sobre “Historia Gatil”

Virginia dijo el 20 Marzo 2006:

me encanta esta historia¡¡¡
Ahora sólo falta la Tercera parte¡¡¡

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